Cine del bueno… De Bollywood


Todavía recuerdo el dulce sabor de boca que me dejó Slumdog Millionaire, la cinta ganadora del Oscar en 2009. Qué sorpresa tan grande se llevó el público cuando en la ceremonia anunciaron que la propuesta de Danny Boyle se alzó con todas las glorias. Esa la vi en el cine y salí extasiada, pero la sensación la superé con otra de Bollywood del año pasado. Se trata de  Mi nombre es Khan, una película de la India, dirigida y escrita por Karan Johar y protagonizada por Shah Rukh Khan. La disfruté en DVD, y aún así me tomé  el atrevimiento de añadirla a mi lista de obras maestra.


Al inicio, me percibí con un interés que fue creciendo; casi en la mitad me reí mucho. Luego lloré como con desgarro y en el ocaso aplaudí de pie. Esa escena imagínensela así: Yo sola en mi cuarto, dando palmadas trancadas y gritando por dentro para no despertar a mi familia. La historia merece una ola. El personaje principal nos amarra el corazón y le hace 100 nudos. Él y el resto del elenco se entregaron en cuerpo y alma, logrando una conexión mágica con el espectador.


Rizvan Khan es un musulmán con síndrome de Asperger, que se enamora perdidamente de Mandira, una madre soltera hindú que vive su versión del sueño americano. Después de los atentados del 11 de septiembre, la vida de este particular ciudadano cambia por completo. Un repudiable acto de cobardía destroza a su familia, por eso se ve obligado a recorrer Estados Unidos para demostrarle a su amada –o tal vez al mundo- que la paz y la compasión existen. Su ingenuidad es su arma. Quiere conocer al presidente, simplemente para decirle: “Mi nombre es Khan y no soy terrorista”.


No puedo contarles nada más, sólo me queda añadir que el drama enlaza las virtudes de la fidelidad dentro de una entrega grandiosa. Con una excelente puesta en escena, momentos visualmente entretenidos, detalles bien cuidados y una fotografía colorida; este filme es digno de ver. Probablemente, muchos dirán que presenta un intencional entorno sociopolítico con la comunidad musulmana e hindú residente en USA, pero no deja de ser lo que es: CINE DEL BUENO. ¡Hasta el próximo Sábado!


Una película bien hecha, a pesar de...

Un Oscar es un Oscar. Eso es indiscutible. Cuando nos encontramos ante un filme y tenemos el precedente de que su director ya ganó un premio de la Academia vamos por lo seguro. O al menos eso creemos. Casi nunca nos equivocamos, aunque se pueden dar sorpresas. Paul Haggis, el mismo que nos impresionó con  Crash, presenta en su cuarta película un thriller de acción, drama  y suspenso bien hecho y bien desarrollado. Si bien no es la maravilla del siglo, tampoco se encarama encima de las otras del montón... encima de esas que pasaron por el cine sin pena ni gloria y que se convirtieron en cintas palomeras. Los próximos tres días se hizo con la intención de entretener, sí, pero hay una realización que marca el esmero, el detalle. Un poco larga, en comparación con la historia original francesa, Por elle. Es un remake.
Lo que hace atrayente a esta película es el personaje principal, interpretado por Russel Crowe. Lo vemos algo subidito de peso pero con el mismo histrionismo de siempre. Quizá, sin él no hubiese resultado igual. Está impecable en sus registros, completamente natural y creíble. Pasa de ser un padre de familia a un héroe capaz de superar cualquier obstáculo. La acción la maneja con gran facilidad, a pesar de que no es el fuerte aquí. De hecho, las escenas de tiros y persecuciones parecen hechas como para la televisión. Haggis no tiene suficiente fe en el espectador y sobrecarga el guión de explicaciones. Hasta las situaciones más obvias se presentan con un elemento extra. Eso queda comprobado en el cameo (excelente por demás) que tiene Liam Neeson, quien se encarga de darle una "clase" de fugas carcelarias al protagonista. En pocas palabras, todos salimos de la sala sin dudas ni preguntas. En añadidura, además, está el moralismo disimulado.
John Brennan (Crowe) es un profesor felizmente casado. Tiene un hijo con su esposa Lara (Elizabeth Banks) y lleva una vida tranquila, hasta que ella es acusada de un asesinato que -dice- no cometió. Pasan tres años desde la sentencia, cuando son desestimadas las apelaciones, Lara se hunde en pensamientos suicidas y John planeará un complejo escape para sacarla de prisión. Me gustó, para qué negarlo, y me alegré al predecir algo clave. Lo único que no apruebo es cómo denigran a los latinos. No puedo dar detalles porque sé que muchos aún no la ven, pero no es posible que a nosotros (a los venezolanos específicamente) nos ubiquen en una posición tan baja. Ahhh claro... Lo olvidaba, somos tercermundistas. Véanla y conversamos. Chaito.

Dramas intensos, temas polémicos

Una de las cosas que más me gusta del cine es que fomenta el diálogo en pareja o en grupo. Después de ver algún filme, las puertas se abren al debate para discutir los temas que se plantean. Es algo interesante, más aún si alguien cree tener la razón y otra persona contradice. Con Mother & Child (recientemente en cartelera) me ocurrió. La película habla de la adopción, la maternidad temprana, los amores imposibles y la exclusión del padre en la sociedad. A pesar de la contundencia del asunto, todo se muestra con gracia cinematográfica en una historia serena y cargada de sutil lírica. Con gran aire femenino, está escrita y dirigida por un fanático de las mujeres: el colombiano Rodrigo García (Pasajeros y Nueve vidas). Según él, le funcionan mejor que los hombres. Por lo visto es cierto. Aquí marca una vez más su sello, al presentar la humanidad con emoción, intensidad, pasión, dolor y alegría.
El argumento se desarrolla en la más sublime de las simplicidades: movimientos lentos de cámara; manejo rítmico de la intensidad de las luces; escenarios simples, aunque profundos, y personajes mágicos. Las tres protagonistas (Naomi Watts, Annette Bening y Kerry Washington) dicen más con sus gestos que con las palabras. Los diálogos son buenos, pero más impactantes son sus llantos y sus miradas. Samuel L. Jackson también está genial con una participación que, si bien no abarca mucho metraje, deja al espectador satisfecho. Otro aspecto importante es cómo el guión toca las fibras de las madres, desde todo punto de vista. La que dio a luz a los 14 años y tuvo que regalar a su hija, la que no puede concebir y busca desesperadamente un vientre en alquiler y la que enfrenta un embarazo superando miles de obstáculos. Es totalmente cautivadora y aleccionadora. Como dirían coloquialmente, UN PELICULÓN.
Si hay que nombrar un elemento negativo, sería la poca fuerza que existe en el encuentro de las protagonistas, quienes caminan en paralelo durante toda la película y, cuando al fin parecen encontrarse, no hay mucha emoción. Algunos cinéfilos pudieran decepcionarse con el desenlace, otros quedarán felices. Lo cierto es que el final está un poco apresurado. A pesar de todo, no deja de ser gigante en el aspecto interpretativo. Eso se logra escogiendo las actrices correctas. Si eres amante del drama, entonces búscala. Te aconsejo que la veas con ojo crítico. Me despido.

De cómo una cinta pierde su encanto


Qué lástima me da cuando veo una película fallida en aspectos tan elementales como el desarrollo de la historia y la esencia de los personajes. En el mundo cinematográfico existe una amplia cartera de histriones y es labor del director -en el mejor de los casos- escogerlos apropiadamente. El siguiente paso consiste en hacerles pruebas de química, pues por muy buenos que sean quizá no funcionen al juntarlos unos con otros. Algo parecido ocurrió en Agua para elefantes, la nueva entrega de Francis Lawrence. Se trata de la adaptación del best-seller homónimo de Sara Gruen publicado en 2006. De entrada nos encontramos con una estética muy cuidada. La puesta en escena es impecable, al igual que  el trabajo de producción. Mención aparte para la bella fotografía de Rodrigo Prieto, aunque contradice el planteamiento abordado en los tiempos de la Gran Depresión del siglo XX. La cámara lo recoge todo con excesiva luminosidad.

La trama se centra en un joven estudiante de veterinaria (Robert Pattinson), quien se ve obligado a dejar su formación tras el asesinato de sus padres. A partir de ese momento comienza un peregrinar y cae por "casualidad" en el tren que transporta a los integrantes del circo de los hermanos Benzini. El empleo (como médico de los animales) lo consigue casi de inmediato. Le gusta y se siente cómodo, hasta que enamora de Marlena (Reese Witherspoon), la estrella principal del espectáculo y esposa del dueño (Christoph Waltz). El problema de este filme radica en que no hay encanto. Por ejemplo, la parte en la que el protagonista se encuentra por primera vez con su amada, carece de magia. El romance brilla por su ausencia y, en líneas generales, se contempla sin pasión.

Pattinson y Witherspoon están correctos pero entre ellos no hay chispa, ni siquiera en la corta escena donde hacen el amor. En cambio, apreciamos a un increíble Christoph Waltz, encarnando al más retorcido de los villanos. Si analizamos la grieta, podríamos reflexionar que tal vez  sea falta de óptica. Muchos directores son versátiles, pero otros tienen que morir con un mismo estilo. Las cintas de Lawrence son totalmente diferentes:Soy leyenda y Constantine y ahora esta. Por lo tanto, Agua para elefantes se convierte en una película del montón. Creo que lo mejor es la hermosa elefanta Rosie. Esa sí nos roba el corazón. Hasta la próxima. 

El sonido y el mensaje


No lo pude evitar. Al salir de la sala, después de ver Dudamel el sonido de los niños, lo primero que pensé fue: los responsables de que nuestros hijos tengan una educación a medias somos nosotros, los padres. "La música les expande la mente", comentó Richard Holloway, exobispo de Edimburgo y fundador del Sistema Escocia, en una de las escenas del documental. ¿Por qué hay tantos pequeños desmotivados y con falta de concentración en las escuelas? Simplemente porque la instrucción es obligatoria. Los preparan para conseguir trabajo pero ellos necesitan un motivo más específico; una pasión, un sentir. Algunos lo consiguen con la música, pero la mayoría no la encuentra. 
Tocó el rincón más profundo de mi alma. Alberto Arvelo muestra un sueño que nació aquí y que se extiende gracias al maestro José Antonio Abreu, creador del Sistema Nacional de Orquestas Juveniles e Infantiles. El eje conductor de la historia es el venezolano Gustavo Dudamel, quien se mueve por un guión bien estructurado. Presentan su carrera, su crecimiento y su método al transmitir los conocimientos en los ensayos con los niños de las diferentes orquestas del mundo. A ratos observamos a un joven sencillo y bromistas. De ahí, que ciertos momentos del audiovisual suelen ser divertidos. En 85 minutos, incluye lo más relevante. No parece faltarle ningún elemento. Las personalidades entrevistadas, que van desde Rubén Blades hasta Quincy Jones, dan en el blanco con sus palabras. 
Los sonidos, las imágenes y los testimonios se conjugan con perfección. Pero vuelvo al planteamiento inicial: Hacen mucho énfasis en la parte educativa y eso nos bofetea. Al menos yo, sentí -y siento- la necesidad de inscribir a mi hija en clases de flauta, piano, violín, ballet... Cualquier disciplina. Lo importante es no dejarlos sin la enseñanza extracurricular necesaria para el desarrollo integral. Más que un producto cinematográfico de alta factura, Dudamel el sonido de los niños es cautivante por su mensaje. También debemos valorar que todo el equipo que laboró es criollo. Logra captar la atención del espectador y lo sumerge en un mundo de reflexión. Agradezco a Arvelo su intención. Jamás olvidaré El himno de la alegría. Hasta la próxima. 

Provocativa y excitante

Mi deber en Quinta Fila no es sólo criticar o halagar una película. Después de ver alguna siento la necesidad enorme de recomendarla y hacer que los demás la disfruten igual que yo, sobre todo si posee actuaciones de esas que noquean y dejan la marca. No afecta si es nueva, si aún no se estrena o si ya han pasado varios años desde su lanzamiento. Si la producción está bien hecha, simplemente impacta hasta el punto de pasar varios días con ella en la mente. Créanme, no exagero si  hablo de una cinta de 2010 con la que me topé por casualidad. Se llama Sólo una noche (Last Night)  y es increíblemente seductora.
Hay cuatro personajes universales. Lo que les sucede a ellos no es innovador, por el contrario, es el pan diario de las parejas: la tentación. Lo llamativo aquí es la forma como la directora, Massy Tadjedin, va desarrollando la historia, pues lo hace a pulso, con honestidad y MUCHA sensualidad. En la trama pasa lo que tiene que pasar y punto. Lo que le ocurriría  a cualquier mortal cuando no tiene la fuerza para resistir a una mujer bella o a un hombre interesante. Les cuento de qué se trata: Joanna (Keira Knightley) y Michael (Sam Worthington) conforman un matrimonio aparentemente tranquilo pero esconden una desconfianza mutua alimentada por secretos, dudas y mentiras. Sus vidas dan un vuelco cuando él realiza un viaje de negocios con una hermosa compañera de trabajo, Laura, (Eva Mendes) y ella se reencuentra con su gran amor del pasado, Alex, (Guillaume Canet).

Las interpretaciones son de otro mundo. Estremecen y excitan al espectador con toda la intención. Lo mejor es que la pueden ver tanto las féminas como los caballeros. Si una pareja decide compartirla ninguno tendrá moral para juzgar NADA. Esta cinta nos recuerda  que la infidelidad no es un asunto sólo de testosteronas. El sabor que deja en la boca es dulce, aunque hace un nudo en la garganta. La realidad es triste cuando amanece. En conclusión, Last Night es sencilla, provocativa y conmovedora. Digna de ver e ideal para los amantes de los buenos guiones. Búscala y deléitate en soledad o en compañía, no importa, vas a sentir lo mismo. Lo mejor: la media hora final, el desgarro en los rostros de los personajes y los besos de dos de ellos. Lo peor: te deja con las ganas.

Para desintoxicarse...

Generalmente, las salas de cine suelen estar contaminadas con violencia, drogas, sexo y otros elementos que gustan mucho. Sí, así es, a los espectadores les fascina ver una película de acción que contenga diálogos "sucios" y que los entretenga durante casi dos horas sin tantos rodeos. No se sientan mal, todos en algún momento hemos disfrutado de esos placeres culposos que en su mayoría están ligados con las películas palomeras. Es una realidad de la que no podemos escapar. Sin embargo, ya de eso hablamos en oportunidades pasadas. Por fortuna, de vez en cuando llegan producciones que nos desintoxican un poco. Eso experimenté cuando vi Felinos de África (African Cats), el nuevo documental de aventuras de vida real, de la marca Disney Nature.
Keith Scholey y Alastair Fothergill (Earth) dirigen con mano mágica una historia animal bellamente fotografiada, que no carece de sentimiento ni emociones. Uno de los elementos más atrayentes es la participación del actor Samuel L. Jackson, quien va hilando las imágenes con una acogedora voz que sobresale en medio del imponente paisaje. Así cuenta el diario transcurrir de los reyes de la sabana africana. La película captura el amor de las madres, la determinación y la fuerza para sobrevivir defendiendo a sus crías. En ciertos momentos, esos feroces felinos nos sacan una pequeña una sonrisa y logramos empatía con ellos.
El documental dura 89 minutos, durante los cuales se aprecian los dos años que los creadores se internaron en el lugar para hacerle seguimientos a los protagonistas, cuyas actuaciones -por cierto- están excelentes. Tal parece que estaban consientes de las cámaras. La cercanía se da por el uso de lentes especiales y los planos muy cerrados. La dramatización de sus movimientos o conductas son sorprendentes. Son coherentes y tienen nombre propio. Podemos percibir con claridad sus temores, cálculos y hasta pensamientos. Sólo hago una observación: los niños pudieran no entender del todo el escenario dramático y agobiante de los felinos (la cacería, la muerte y el riesgo de vida). Por lo demás, me parece una buena opción capaz de liberar la mente y el cuerpo de las toxinas del cine convencional. ¡Hasta el jueves!