Detrás de las paredes no hay nada...


Algunas páginas de críticas internacionales le han dado una o dos estrellitas sobre la base de cinco. Yo me voy a unir al sentimiento y también la calificaré con un puntaje inferior, pues no hay alma en esta película. Dream House, mejor conocida en Latinoamérica como Detrás de las Paredes, es un buen intento de cine de suspenso, pero se queda sólo en eso: en intento. Su póster es llamativo; dos niñas de espaldas con las manitas agarradas y vestidas con trajes que se confunden con el tapiz de un mural. La sinopsis y el tráiler también atraen. Sin embargo, el resultado deja la sensación de que pudo ser mucho mejor y que su guión tiene graves problemas. Me pareció inconsistente, sin rumbo definido. Nos presentan en principio un thriller sobrenatural y psicológico, para después girar brusca y absurdamente a lo policial.


La trama muestra al exitoso editor Will Atenton (Daniel Craig), quien renuncia a su trabajo de oficina para dedicarse a su familia y a la escritura de una novela. También se despide de Nueva York, para instalarse en una preciosa casa que acaba de comprar en una localidad pequeña y tranquila. Ese parece ser el lugar ideal para criar a sus dos hijas (unas apropiadas Taylor y Claire Geare, también hermanas en la vida real). Su esposa Libby (Rachel Weisz) está ilusionada con el nuevo hogar, hasta que una serie de acontecimientos comienzan a empañar la felicidad. Sin la ayuda de los policías locales, el protagonista emprende una investigación y descubre que en la vivienda ocurrió una masacre. Con ese planteamiento, podríamos suponer que el director, Jim Sheridan, tenía todas las herramientas para realizar una obra que causara un gran efecto en el espectador. Lamentablemente no lo supo hacer. Se defiende muy mal en este estilo.


A pesar de que posee un estupendo elenco -también cuenta con la actuación de la siempre correcta Naomi Watts-, Dream House es incapaz de imprimir la fuerza y el ritmo necesario que requiere el género. Por rareza, y al igual que el personaje principal, esta cinta padece un trastorno bipolar y se salva sólo por pocas virtudes. No es un desastre de proporciones desmedidas pero, al desaparecer los créditos finales, se borra de la mente al instante y detrás de las paredes no queda nada...


Romántico y frenético cine español


Suele ocurrir que los profesores de ciertas cátedras universitarias, de carreras como Orientación o Psicología, asignen a sus estudiantes la tarea de analizar algunos tipos de películas, sobre todo las del género dramático, en las cuales los personajes presentan conflictos o conductas dignas de indagar. Así ocurrió con la cinta española Tres Metros Sobre el Cielo (3msc), que, aunque se estrenó en 2010, nunca llegó a Venezuela. Pero la repercusión en su país fue tan grande que se convirtió en la más taquillera de ese año, recaudando 8,6 millones de euros. Eso le dio una magia y pudo trascender fronteras. Las páginas de descargas la incluyeron y ya son miles los espectadores que la han visto, aunque sea en DVD. Yo fui una.


La entrega, de Fernando González Molina, es la adaptación del libro homónimo del escritor italiano Federico Moccia. Muestra a dos jóvenes pertenecientes a mundos opuestos. Babi (María Valverde) es de clase alta y vive en un entorno poco excitante y Hugo (Mario Casas), conocido como "H", es un muchacho impulsivo, irresponsable y aficionado a las carreras ilegales de motos. Ya por ahí notamos que se trata de esas películas de corte adolescente un tanto trilladas. Eso sí, mucho más decente que las de Crepúsculo -sin ánimos de ofender-. 3msc es una historia de amor, pero planteada de forma interesante. Es la crónica de un amorío frenético, un viaje de iniciación a través del cual los protagonistas se descubren a ellos mismos. Vemos lugares comunes (la rebeldía, hogares disfuncionales...). Sin embargo, hay realidad en su argumento. Termina siendo un relato humano y emocionante. Las escenas románticas están bien hechas y escapan airosamente de la cursilería barata.


Me encantaron las actuaciones, principalmente la de Casas -quien, por cierto, está guapísimo-. Se desenvuelve con ferfección en su papel de "chico malo". Valverde también está perfecta y lleva con gracia si interpretación. Además, la química entre ambos es evidente; tal vez eso haya ayudado bastante a que la producción sea completamente exitosa en diferentes latitudes. Son bien logradas todas las secuencias, en especial las de las carreras de motos: buen sonido, buen ritmo y excelente ambientación. Lo que sí me inquieta es que, dado su carácter masivo, este filme pueda influir de manera negativa en la juventud. Aunque, si se toma en cuenta la parte reflexiva, podría ser una enseñanza. Los que tengan la oportunidad de verla, no lo duden. Analícenla, mediten, deliberen, deléitense con bellezas varias (después sabrán cuáles) y disfruten de un buen cine español.

Viene segunda parte
Tras el taquillazo, Antena 3 Films junto con Zeta Audiovisual y Cangrejo ya tienen lista la segunda parte, titulada Tengo ganas de ti. Esta nueva entrega vuelve a contar con Mario Casas y María Valverde, pero a ahora se une Clara Lago en el reparto. Fernando González Molina repite como director. La película contará la vuelta a casa de Hache, tras pasar dos años en Londres. El recuerdo de Babi y el temor al reencuentro marcan su regreso.



¡Desastre total!


Cuando yo vi Piraña 3D (2011), del director Alexandre Aja, pensé que era imposible que estrenaran otro filme de terror marino peor que ese. Me equivoqué. El colmo de lo absurdo llegó con Shark Night (también en 3D), la cual tiene detrás la mano de David R. Ellis, el mismo que nos mostró en 2006 aquel filme con Samuel L. Jackson llamado Serpientes a Bordo. Si bien en esa oportunidad no realizó una obra maestra, entretuvo al público con algunos momentos buenos y uno que otro efecto. Sin embargo, con esta última cinta de tiburones feroces insultó a la audiencia de la peor manera. Y que no me venga alguien a decir que se trata de un remake de Tiburón (1975), pues el insulto sería para Steven Spielberg.


No voy a hablar del guionista ni del productor, ni mucho menos de los pésimos actores. Cuesta encontrar un gramo de talento interpretativo. Tampoco pude captar nada que tenga que ver con aspectos técnicos (luz, fotografía, montaje). Todo eso es difícil de apreciar si se está ante una trama tan poco decente. Nos vendieron un producto que parecía ser de esos de horror que tanto atraen y terminó siendo un bodrio sin sentido. Un grupo de chicos viaja a un lago y son atacados de la nada por un escualo. A uno de ellos el animal le arranca un brazo y, como la lancha queda destruida, no pueden llevarlo al hospital. Lo más chistoso es que el herido, quien pierde la mitad del caudal de sangre de su cuerpo, decide salir de la cama y meterse en el agua para liquidar al tiburón con un cuchillo. En ese momento yo dije: "Por Dios santo". Lo que sigue es una sucesión de disparates cada vez peores.


Para colmo, nos llaman "estúpidos" en nuestras caras, cuando ofrecen una explicación totalmente fumada de por qué pasa todo: dos villanos llenaron el lago de tiburones de todas las especies (cosa que es imposible en aguas dulces) y les insertaron cámaras, con el propósito de ganar millones vendiendo documentales reales. Aquí ya les conté una parte "importante" del filme, aunque no creo que les haya quedado ganas de verlo. Esta crítica es, mayormente, para aquellos que ya tuvieron la desdicha de mirarlo. Así se pueden reír un poco conmigo y recordar el tiempo que perdieron ante semejante desastre.




El pasado se añora pero no vuelve


¿Cuántos han quebrantado un amor y después desean enmendar los errores? ¿Existe la posibilidad de olvidar un gran romance? Esas interrogantes se plantean de manera sublime y magistral en un filme que, sin muchos elementos del cine convencional, logra captar la atención del espectador amante de las historias humanas. La Vida de los Peces (2010) es una obra chilena, dirigida por Matías Bize y protagonizada por Santiago Cabrera y Blanca Lewin. Comencé a verla con la advertencia de que era "muy densa" y tenía "demasiado diálogo". Sin embargo, me dejé llevar por el vaivén del protagonista y, cuando caí en cuenta, estaba totalmente involucrada con él y sus sentimientos. 


después de 10 años en Berlín, Andrés regresa a su país natal para cerrar su pasado. Durante su estadía, asiste a la fiesta de uno de sus compañeros de la infancia. Allí redescubre un mundo que aún añora y vuelve a ver a Beatriz, su amor más importante y quizá el único. La película comienza con una despedida. Él tiene que irse y continuar con su vida en el extranjero. Le dice adiós a todos, mas una fuerza mayor le impide salir de esa casa donde hay tantos recuerdos. Debo confesar que al término quedé con una nostalgia difícil de explicar, tal vez porque se trata de una de esas cintas que no se olvidan. Deja una extraña la sensación, algo así como: "Ya eso lo he vivido". Y es que el desarrollo argumental es tan real que no hay complicaciones para entenderlo. Sencillo y común, pero no deja de ser poderoso. Está cargado de emociones y de una exquisita música (tristes pianos, melancólicos violines, guitarras y voces). Miles de pensamientos llegan con sensibilidad al alma.


Los diálogos evidencian un rico trabajo de guión. Son de una calidad inimaginable: llenos de moralejas y verdades. Evocan familiaridad. Tengo en mi mente dos escenas: cuando los protagonistas conversan frente a la pecera y el momento en que dos adolescentes, con profesionalismo, llenan de preguntas sexuales a Andrés. Creo que Bize tomó un material básico y lo convirtió en una obra de arte. No dejen de verla. Posiblemente reflexionen sobre algunos temas: la fragilidad del vínculo, la magia de las palabras y el deseo de enmendar errores de un pasado imposible de cambiar. Ver Tráiler


Una joya del cine iraní


No soy muy dada al cine extranjero. En el caso más sencillo prefiero el de idioma español o inglés. Pero no podemos negar que cuando una película es buena no importa de qué país venga o de qué manera hablen sus actores. Desde que la cinta iraní, A Separation, comenzó a sonar de cara a los Globos de Oro (ganadora) y a los Óscar, me sedujo. Leía las críticas que ruedan en la web y todas eran positivas. Esto es lo que llaman una joya milimétrica, hecha a pulso, y en donde el realismo es lo que predomina. Muy seca, sí, cruda como ninguna y carente de música -intencionalmente-. La única melodía suena cuando aparecen los créditos finales. Qué exactitud la de Asghar Farhadi al momento de dirigir. Es asombrosa la tranquilidad con la que va presentándolo todo. Las diferentes historias de los personajes se cruzan progresivamente y sin prisa, formando conflictos paralelos que intensifican el relato de manera envolvente.


La historia se centra en una pareja que está a punto de divorciarse. Ella quiere salir del país y él no puede dejar sólo a su padre, quien sufre de alzheimer. La hija de ambos decide vivir con su papá, esperanzada en que la situación mejore. Sin embargo, lo que complica más las cosas es la contratación de una mujer para que cuide al abuelo enfermo. Un dinero desaparecido, una mentira, una doble moral y la disyuntiva de los pensamientos religiosos son el punto de partida. El guión da un giro increíble y, en un abrir y cerrar de ojos, los personajes están sumergidos en un complicado proceso legal. El trabajo actoral es excelente, así como el de cámaras y  fotografía. La elección de los planos y los encuadres aportan el ritmo necesario a una cuidada estética.

Me asombró ver que la película se plantea de forma muy sencilla, argumentalmente hablando, y aún así es sumamente poderosa. Creo que esto último tiene que ver con los diálogos bien dosificados. Eso sí, los que odian los finales abiertos aquí van a sufrir. El escritor deja que el espectador saque sus propias conclusiones. No esperen el beso final. Alguien me dijo: "Leonardo Padrón no podría escribir algo así". Yo diría que esta cinta es imperdible, grandiosa de principio a fin. Un collage de emociones que no dejan indiferente al público de ninguna latitud. Abstenerse los que buscan sexo, acción, efectos especiales y banda sonora. (Ver tráiler)


¿Homenaje o encanto cinematográfico?


Este comentario voy a iniciarlo con una frase que, seguramente, levantará el malestar de los adeptos. La propuesta del francés Michel Hazanavicius, The Artist, es agradable pero insípida. Medio mundo alabándola; multinominada en los Oscar y otros premios importantes de la temporada y el de boca en boca de los espectadores son motivos suficientes para querer verla con las expectativas por las nubes. Eso me pasó. Tal vez el error sea mío al autosugestionarme, por eso no me atrevo a desestimarla. A decir verdad, no tiene grandes pretensiones y por ende no hay de dónde sacarle algo que la destruya. La historia es buena pero no muestra nada fuera de serie. Y, ojo, no me refiero al hecho de que sea muda y en blanco y negro. Su técnica es alabable y un digno homenaje a los inicios del cine. Hablo de la trama.


George Valentin (Jean Dujardin) es un actor del cine mudo de finales de los años 20. Goza de fama y talento, hasta que un día conoce a una aspirante a actriz (Bérénice Bejo) en los momentos en que las películas empiezan a incluir el sonido. Se enamoran, más sus vidas no puedan ir por el mismo camino. Ella triunfa en el nuevo paradigma, mientras él ve su carrera en picada. Es cierto que el director, conjuntamente con el grato trabajo de los actores, introduce generosas dosis de humor como para agradar al público. Dujardin reinventa el concepto de carisma y Bejo conquista con una mirada de ángel. Sin embargo, yo me pregunto: ¿Es una cinta para todo tipo de espectadores? Casi segura estoy de que no. Está hecha para un selecto grupo de amantes del origen cinematográfico, para esos clásicos que ven más fascinación aquí que en el mismo color o en el diálogo. Muchos de ellos forman parte de la Academia Hollywood.


The Artist intenta reproducir la magia del cine mudo con una luminosidad brillante. Entretenida a ratos, con unos momentos más emocionantes que otros. Se nota que Hazanavicius busca el encanto incansablemente, pero al final nos entrega un cierre -aunque feliz- muy flojo. A pesar de todo, considero que es una obra que deben ver para que cada quien concluya. Le sobresalen elementos buenos como: la música, los bailes, las secuencias, los planos y los detalles bien cuidados que recrean la época de manera casi perfecta.


¿Cuántos saben perdonar?


La mayoría de las personas se imagina que vivir en Hawaii es sinónimo de alegría constante. ¿Problemas? No, ¿Quién puede sufrir depresión alguna en una isla tan espectacular? Tal parece que no es así. Las crisis llegan aún estando en el lugar más hermoso del mundo. Si no, que lo diga Matt King (George Clooney), protagonista de la aclamada cinta de Alexander Payne, The Descendants. "¿Están locos? ¿Piensan que somos inmunes a la vida?", pregunta él en una de las primeras escenas. Y, a partir de ese momento, sumerge al espectador en su doloroso recorrido; en un viaje emocional de sanación y redención. Su esposa, Liz, está en coma en una cama de hospital. Quedó inconsciente tras un accidente de lancha. Y fue después de esa tragedia, cuando Matt entendió que no lo estaba haciendo bien; ni como padre, ni como cónyuge. "Si haces esto para llamar mi atención, lo estás logrando", le dice con impotencia. "Voy a cambiar. Seré un verdadero esposo. Por favor, sólo despierta".


The Descendants , con una exquisita música, tiene la particularidad de provocar un nudo en la garganta desde el inicio, y es casi al final que las lágrimas se rehúsan a quedarse adentro. Su título tiene que ver con una subtrama que aporta una información importante: King es abogado y coheredero de un gran terreno. Su familia quiere venderlo, así que él debe decidir qué hacer. Sin embargo, esa situación queda relegada, debajo del sufrimiento que tiene su alma. Su mujer le fue infiel. Ahora, ¿Cómo le reclama?. El trabajo de Clooney aquí es impresionante. La forma como lleva a su personaje por ese camino de emociones es plausible. Gran paso en su carrera, ahora que su rostro ya dejó de ser el del "sexy men", para mostrar una tercera edad algo avanzada. Su mirada es diferente, más en esta historia. Lo confirman los planos cerrados.


La película se tambalea un poco entre el cliché y la cursilería, aunque siempre sale airosa. No es tan previsible. A veces, incluso, sorprende. Si a esos aspectos positivos le sumamos un grupo de personajes deliciosos, tenemos una gran propuesta para degustar. Parece una tragicomedia, por el tono satírico que le imprime su director, pero hay más tragedia humor. Una reflexión acerca de descubrimiento interior, el cambio y la capacidad de perdón. ¡La recomiendo!